Marc, Franz

Este pintor alemán (1880-1916), tras formarse en la Academia de Bellas Artes de Berlín e iniciarse en la pintura naturalista, se vio influido en París por el impresionismo y por postimpresionismo (especialmente por Van Gogh). Sin embargo, su gran salto creativo lo dio con su incursión en el expresionismo, participando como cofundador de “Der Baue Reiter” (El Jinete Azul), grupo de vanguardia alemán que tomó nombre de uno de sus cuadros y del que también formaban parte Macke o Kandinsky. Su estilo, basado en fuertes colores primarios y en una progresiva tendencia al cubismo y a la abstracción, demuestra que, además de “hijo” artístico de su tiempo, el de las primeras vanguardias, Marc también fue “hijo” de su tiempo y murió víctima de una acción de guerra en el frente de batalla durante la I Guerra Mundial.
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De izquierda a derecha: Los caballos azules, Gato y Abrazo

Magritte, Rene

Este originalísimo pintor belga (1898-1967) representa con su obra una tendencia que se enmarca en el surrealismo, pero dentro de una vertiente muy intelectual, en la que las imágenes recreadas (ambiguas, impactantes y anticonvencionales) no sólo pretenden resultar sorprendentes, sino -fundamentalmente- forzar al espectador a replantearse su tradicional concepción de la relación entre la realidad percibida y la realidad profunda para conducirle a una nueva sensibilidad, mucho más abierta. Este estilo pictórico, generalmente denominado “realismo mágico” ya estaba configurado plenamente en la década de los ‘20 y, aunque en la década de los años ’40 investigó en nuevos terrenos (lindantes con el impresionismo y el fauvismo), la irregular acogida de estas obras le hizo volver pronto a su estilo más clásico.
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De izquierda a derecha: La condición humana, La voz de los cielos y Golconde

Millais, John Everett

Este autor inglés (1829-1896) fundó en 1848, junto a William Colman Hunt y a Dante Gabriel Rosetti, la Hermandad Prerrafaelista, un efímero pero influyente grupo de pintores británicos que pretendían retornar a la pureza, el detallismo y la luminosidad de los “primitivos” italianos y flamencos previos a la artificiosidad en la que (según ellos) caería la pintura con los vacuos y “manieristas” seguidores de Rafael y Miguel Ángel. El estilo minucioso, exquisito y a menudo polémico (sobre todo en temas religiosos) característico de Millais se alteraría sensiblemente, no obstante, a partir de 1856, cuando -bien por evolución personal, bien por afán de éxito- viró hacia líneas más comerciales y realistas (e incluso influidas por el novedoso Impresionismo).
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De izquierda a derecha: Ofelia muerta, La niña ciega y Cristo en casa de sus padres

Miró, Joan

Pintor mallorquín (1893-1983) afincado en Francia, que a través del color plano, primario y vibrante, y del trazo grueso, dotó de una dimensión infantil al mundo vanguardista de las artes plásticas. La vida, la muerte, la mujer y los pájaros que pueblan los lienzos de Miró conducen al espectador por un recorrido y por una visión muy personal del siglo XX que abarca el surrealismo (incluso “sobrerrealismo” emanado de la peculiar “infantilización” del lenguaje pictórico en Miró), el cubismo, el expresionismo e incluso la abstracción. Compartió con sus colegas la visión pesimista de la existencia y del género femenino (en su caso desmentida por su feliz y convencional vida personal); alcanzó el éxito en vida, el reconocimiento de crítica y público y una enorme proyección internacional, rompiendo con ello el mito del “artista bohemio”.

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De izquierda a derecha: Constelaciones, Mujer, pájaro y estrella y El carnaval del arlequín

Monet, Claude

Pintor parisino nacido en 1840, afincado en Le Havre con temprana vocación, pagará su formación académica con lo obtenido de la venta de caricaturas. Las mujeres de su familia (primero su madre y luego su tía) serán sus valedoras en la elección del arte como forma de vida. Huye de la formación tradicional y de decanta por un maestro que fomente la creatividad individual, y en cuyo taller, conocerá y entablará amistad con Pisarro. Posteriormente conocerá a Renoir, Sisley y Bazille, amigos fieles con los que comparte arte y que le brindan ayuda en la adversidad económica. Cambiará de residencia en múltiples ocasiones hasta afincarse definitivamente en Giverny, pero su afán viajero le permite conocer y disfrutar la obra de los clásicos modernos: Turner, Ruisdael, Hobbema y paisajes antagónicos como las atmósferas soleadas italianas, las marinas de las ciudades holandesas o la contaminación de la urbe londinense. La contemplación de cielos distintos le conducirá a la ejecución de series del mismo lugar y una casi obsesiva fijación por la luz. Alcanzará la fama y el éxito económico tras enviudar por primera vez y firmará una extensa obra (más de tres mil) entre estudios y cuadros. Su etapa de madurez vendrá marcada por la naturaleza, y los jardines, fijados de tal modo en su retina, que a su muerte en 1929, habrá pintado sus últimas obras casi ciego debido a cataratas oculares. Entre su legado, encontramos el nombre recibido por su generación artística: impresionistas; lo usó por primera vez y con carácter despectivo el crítico de arte Louis Leroy al contemplar su obra Impresión, sol naciente.
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De izquierda a derecha: Impresión: sol naciente, Catedral de Rouen y La estación de Saint Lazare

Munch, Edvard

Este pintor noruego (1863-1944) asentó en toda su angustiosa crudeza las bases originales del movimiento expresionista de finales del siglo XIX y principios del XX. Este pintor noruego plasmó en sus lienzos todos los miedos, ansiedades, obsesiones y frustraciones individuales y colectivas del hombre moderno. Fuertemente marcado por sus vivencias personales (la tuberculosis le hizo perder a su madre y a su hermana), su estilo personal -de gruesos y coloristas trazos y dramáticas deformaciones- trascendió el impresionismo y el postimpresionismo en que se había formado (Gauguin y Van Gogh), centrándose en el tema de la angustia de un ser humano acosado por la enfermedad y la soledad, por el ansia sexual y, finalmente, por la muerte.
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De izquierda a derecha: El grito, La danza de la vida y Niña enferma

Naranjo, Eduardo

Este autor (1944) es uno de los pintores extremeños y pacenses (concretamente nacido en Monasterio) de mayor prestigio en las últimas décadas, merced al cultivo de un personalísimo estilo pictórico de fuertes matices líricos, que se ha dado en llamar “realismo mágico onírico” y en el que se funden a partes iguales el dibujo verista y la visión poéticamente surrealista de la realidad. Gran fama le dio, además, su faceta de grabador, desarrollada sobre todo en los años `80 en colecciones como las dedicadas a la Constitución de 1978, El Génesis o el lorquiano Poeta en Nueva York. Sus sugerentes imágenes recuerdan a Dalí por la precisión del dibujo y por la fluidez imaginativa, aunque Naranjo siempre ha huido de un excesivo protagonismo personal, exponiendo sus creaciones habitualmente en muestras colectivas.
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De izquierda a derecha: Asesinado por el cielo, Pequeño vals vienés y Ensueño con bata blanca

Palencia, Benjamín

Fue un longevo (1894-1980) pintor albaceteño que supo sintetizar en su obra la influencia recibida de las diferentes vanguardias artísticas del primer cuarto del siglo XX (del novecentismo decorativista catalán al surrealismo onírico daliniano, pasando por la geometrización cubista) con lo aprendido de los grandes maestros (El Greco, Velázquez o Goya) a través de la observación directa en el Museo del Prado. Su estilo realista, geometrizante y colorista (sobre todo en su etapa fauvista “ibérica”) se plasmó sobre todo en paisajes y temas naturalistas, sin rehuir el uso de técnicas más novedosas como el collage o la pintura matérica.
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De izquierda a derecha: Molino del pintor, Paisaje y Descanso en el campo

Pérez Villalta, Guillermo

Artista completo, Pérez Villalta (1948) es un pintor, arquitecto y escultor español que, frente a la tendencia a la abstracción dominante durante buena parte del siglo XX, se inclinó pronto por una recuperación del valor de lo figurativo y por un rescate de la capacidad narrativa y evocadora de las obras (más allá del frío formalismo abstracto) que no obviaba elementos iconográficos extraídos de la tradición, de la mitología o de la religión. Su atractivo estilo “manierista”, de formas y colores transformados y exuberantes le convitieron en uno de los grandes referentes de las nuevas generaciones, en el contexto artístico de lo que se dio en llamar Postmodernismo y en el contexto cultura de lo que se vino a denominar la “Movida” madrileña de la década de los años 80.

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De izquierda a derecha: Mi hermano y yo en una azotea, Melancolía y El sueño

Picasso, Pablo Ruiz

El malagueño Pablo Picasso (1881-1971) constituye la síntesis de la evolución de la pintura en el siglo XX, desde la ortodoxia del realismo academicista (pronto abandonada) hasta los ensayos con colores y sentimientos (épocas azul y rosa), para desembocar en una constante exploración, expansión y mixtificación de las principales vanguardias artísticas de la centuria (fundamentalmente el cubismo –que sentó sus primeras bases con sus Señoritas de Avignon- y el expresionismo); y todo ello sin renunciar a su admiración por los clásicos (como Velásquez, a quién rendirá tributo). Artista longevo, prolífico y multifacético (con una destacada obra como escultor y, sobre todo, como grabador), Picasso también simboliza el ejemplo del artista-testigo de su tiempo (como lo fue Goya más de un siglo antes), comprometido e incapaz de refugiarse en su torre de marfil (Guernica, La matanza de Corea).

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De izquierda a derecha: Madre e hijo, Las señoritas de Avignon y Mujer llorando

Pollock, Jackson

Enormemente influyente, este creador nortemericano (1912-1956) fue un pintor expresionista abstracto que revolucionó el vocabulario pictórico del arte occidental a mediados del siglo XX. Su obra bebe de las fuentes del surrealismo y está influido por el psicoanálisis que formaba parte de su terapia contra el alcoholismo; técnicamente experimentó con el uso del aerógrafo, con pigmentos sintéticos, con materiales novedosos como el barniz, el aluminio o el esmalte y con técnicas originales como el “dripping” (goteo de la pintura desde el mismo tubo). La base de su creación artística es la técnica del “action painting”, en la que el lenguaje gestual del propio artista, condicionado por su estado de ánimo, determina la dirección y el resultado de la creación.
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De izquierda a derecha: Ojos en el calor, Moby Dick y Lavanda mística

Redon, Odilon

Este autor francés (1840-1916) vivió y trabajó en el dinámico contexto creativo de finales del siglo XIX e inicios del XX, lo que le permitió beber de fuentes diversas hasta componer un estilo propio, desarrollado en esculturas, grabados, litografías y pinturas. Emblema del simbolismo, una tendencia enmarcada en la línea postimpresionista, y fuertemente influido por sus gustos literarios (Edgar Alan Poe o Charles Baudelaire) y por sus intereses científicos (estudios de anatomía y zoología), este pintor francés dio a luz un imaginario pictórico en el que se combinaban mitología y misticismo con plantas y animales, generando figuras que él mismo calificó de “inverosímiles”, pero forzadas a “vivir según las leyes de lo verosímil”. Alternando etapas de intenso colorido con otras de predominio absoluto del blanco y el negro, Redon desarrolló en sus lienzos un tortuoso mundo interior que le convirtió en referente precursor del posterior surrealismo.
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De izquierda a derecha: El ángel del destino, Ofelia y La caída de Ícaro

Rouault, Georges

Este creador francés (1871-1958), discípulo del pintor simbolista Gustave Moreau, dominó –aparte de la pintura- técnicas paralelas como el grabado y la decoración de vidrieras (en la que se formó inicialmente y que condicionó su estilo personal, alejado del de su maestro). A caballo entre las vanguardias fauvista (por su uso de intensos y empastados rojos, azules y verdes, duramente contorneados de negro) y expresionista (al poner esta técnica al servicio de un devoto y frecuentemente angustioso sentimiento religioso derivado de su profundo catolicismo), Rouault cultivó con especial profusión tres tipos característicos en los que volcó su peculiar sentido de la vida: dolientes y escarnecidos Cristos (que hicieron de él uno de los mejores pintores religiosos de inicios del siglo XX), melancólicos y apenados reyes y poco divertidos payasos.
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De izquierda a derecha: Crucifixión, El viejo rey y Los tres clowns

Rubens, Peter Paul

Rubens (1577-1640) es el paradigma de la dinámica y exuberante pintura barroca flamenca y católica, en la que sabiamente se combina una viva tensión entre la intelectualidad clásica, la viveza de lo cotidiano y la emotividad más carnal. Su viaje a Italia le abrió los ojos a la luz veneciana de Tiziano, Veronés o Tintoretto y su estancia en Roma le puso “en contacto” con los clásicos del Cinquecento (Miguel Ángel y Rafael), con los de la Antigüedad grecorromana y con jóvenes “valores” del naturalismo como Caravaggio, todo ello antes de trabajar para el Duque de Mantua (de quien fue emisario en la corte de Felipe III de España). Sin abandonar está faceta diplomática, Rubens triunfó plenamente a su regreso a Flandes, donde su taller y su firma se convirtieron en los más demandados por la Iglesia contrarreformista, por numerosos príncipes europeos (incluidos los Austrias españoles) y por la enriquecida y orgullosa burguesía del próspero Flandes.
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De izquierda a derecha: Las tres gracias, Descendimiento y Apoteosis de Enrique IV